Pongamos que hablo de Usera (Kubik Fabrik…)

Érase una vez un sueño llamado Kubik Fabrik

Erase una vez una compañía que soñó que podría montar un espacio cultural en un barrio de Madrid, pongamos que hablo de Usera. Soñó con una sala para hacer teatro, pero no cualquier cosa, para hacer buen teatro. Buscaron y buscaron y encontraron una nave industrial para alquilar. Soñaron con la decoración, eligieron los colores perfectos, aprendieron carpintería y, entre todos, consiguieron convertir una nave industrial en una sala preciosa donde contar y compartir historias con los vecinos y demás gentes que quisieran acercarse. Lo dejaron precioso. ¡Hasta la taza del w.c. era bonita!

Soñaron con ser originales y que todo aquel que pasara por allí se llevara un recuerdo. ¿Cómo podrían conseguirlo?

-¡Ya está!-dijo uno de ellos. Y continuó mientras todos le escuchaban con atención.-  ¿Qué os parece si la entrada es una chapa con el dibujo del cartel del espectáculo que vienen a ver? Todos asintieron y se pusieron a ello.

Y comenzaron a programar buen teatro. Poco a poco se iban dando a conocer y la gente del barrio parecía encantada con la idea, ya que quedaban pocos centros cívicos abiertos por la zona.

Pero un día, un hombre del Ayuntamiento los llamó al orden: “Una vecina se ha quejado de que la gente hace ruido al salir fuera” dijo con voz grave y amenazante y sin dar más explicaciones, precintó el recinto.

-¿Por una vecina?, ¿qué vecina?,-Yo nunca he oído nada, ¿y tú? –Yo tampoco. Se repetían incrédulos sin poder quitar los ojos de la puerta precintada.

-¿Y qué podemos hacer?- se atrevió a preguntar uno de ellos.

-Tendréis que cumplir una serie de normativas que os van a costar más de un saco de dinero, dijo el hombre del ayuntamiento.

La compañía se reunió y llevaron todos sus ahorros consigo, entre todos no llegaban para pagar todas las reformas que les solicitaban; así que salieron a la calle a pedir dinero a sus amigos, a sus padres, a sus tíos…Pero como, aún así, seguía sin ser suficiente, pidieron dinero a cualquier persona que quisiera colaborar en su proyecto. Consiguieron cumplir con todos los requisitos en Navidad y felices pusieron sus zapatos a los Reyes Magos, esperando un buen regalo por parte del ayuntamiento, que a esas alturas ya había perdido  la mayúscula. Habían hecho todos los deberes que les habían puesto rápida y eficazmente.

Pero se encontraron bajo el árbol una carta que les decía que su sala era tipo 4.

-¿Qué significa eso? – preguntó uno.

–Piensan que somos algo así como una discoteca  -respondió otro.

–Ya, pero ¿qué significa eso? -continuó preguntando el primero.

–Que tendremos que insonorizar toda la sala -respondió otro. Se hizo el silencio.

-Y eso… ¿cuánto dinero más nos va a costar? -preguntó tímidamente otro sin saber si quería conocer la respuesta a su pregunta.

50.000 euros más. (Esto sonó como un carpetazo rotundo).

Pummmm. Y un pitido continuo, leve pero molesto. Piiiiiii… Como el sonido de una máquina conectada a un corazón muerto.

–          No hay nada que hacer, lo hemos perdido… se fue

Y mientras salían por la puerta de lo que ya parecía un tanatorio alguien les vio y les hizo una reverencia.

–          Es a nosotros?

–          Y a quién si no?

Y se sumó un mecánico que pasaba por allí e hizo otra reverencia.

Y luego el fontanero.  Y la señora Paca, la del cuarto, que nunca entró en el local pero siempre pasaba con una sonrisa por delante

Y el panadero y el frutero y el carpintero y la hija de Paca, que sí había entrado muchas veces, y un parado y otro parado y otro que iba con las manos en los bolsillos y el pitillo entre las comisuras… Y todos hicieron una reverencia

Y ya casi no se oía el pitido porque comenzó a sonar la música, tímida, unos acordes… pim para pum… y otros acordes… pam para pumpim

Y, como en una película de Fellini, apareció una hilera de guirnaldas y una mesa con mucha comida y un tipo en zancos que perseguía a un cabezudo que perseguía a una mujer que perseguía a un niño que no quería obedecer. Y siguió la función, porque para suspender la función hace falta mucho más que un tipo serio de bigote que llega con una orden bajo el brazo de no se sabe quién por no se sabe quién siguiendo las órdenes de otro quién que se esconde debajo de la mesa.

¿Y saben qué? No sabemos quién es ese quién, ni nos importa. Probablemente ni siquiera haya un quién, porque nunca hay un quién… eso es lo triste, que al final nunca hay un quién…

Tampoco sabemos cómo va a terminar la historia, si al final de la fiesta a alguien le entrará la vergüenza y se decida a salir del escondite o si pondrán un listón de madera cruzando la puerta de par en par. A nosotros nos encantaría que terminara con el niño desobediente persiguiendo al zancudo mientras un cabezudo sonriente levanta una copa y todos, incluso la señora paca, la del cuarto, que nunca bebe, brindan por un final feliz a esta historia –una más- de incongruencias, ineptitudes, mezquindad y ruina cerebral. Y si no es así… Que siga el espectáculo que podéis estar orgullosos de haber creado un pedazo de sueño en un barrio de Madrid, pongamos que hablo de Usera.

Desde Los Absurdos os mandamos un millón de ánimos, abrazos y aplausos… Parapim pum pam pum.

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